Por Jorge Núñez
Poeta y periodista. Ex Coordinador del Consejo Municipal de Cultura de Gral. Pueyrredon
¿Cómo se construyen las falacias que dominan una sociedad? ¿Qué artilugios utilizan para engañarnos? ¿Se pueden anticipar y develar públicamente las causas y consecuencias de la manipulación?
Aunque separados por contextos y disciplinas muy distintas, el libro “El mundo y sus demonios” (1996), de Carl Sagan, y “Manual de zonceras argentinas”, de Arturo Jauretche (1968), comparten una preocupación central: la manera en que las sociedades incorporan creencias infundadas hasta convertirlas en verdades aparentemente indiscutibles.
“… si nos han engañado durante el tiempo suficiente, tendemos a rechazar cualquier evidencia del engaño… Una vez que le das poder a un charlatán sobre ti, casi nunca lo recuperas”.
Sagan advertía sobre los peligros de una ciudadanía incapaz de pensamiento crítico frente a la pseudociencia, las supersticiones y el discurso único. Para el astrónomo, una sociedad que pierde el hábito de cuestionar queda vulnerable frente a mensajes irracionales y poderes que utilizan la ignorancia como herramienta de control. Su defensa del método científico no era solo una cuestión académica, sino profundamente política y cultural.“Las zonceras consisten en principios introducidos en nuestra formación intelectual desde la más tierna infancia -y en dosis para adultos- con la apariencia de axiomas, para impedirnos pensar las cosas del país…”
Décadas antes, Jauretche había desarrollado una crítica similar desde la realidad argentina. En su célebre concepto de las “zonceras”, describía las ideas instaladas por las élites culturales y económicas que terminan actuando como dogmas sociales. Frases, prejuicios y sentidos comunes repetidos durante generaciones para moldear la percepción colectiva.
En ambos autores aparece una misma lógica: las creencias falsas no se imponen únicamente por coerción, sino por repetición, prestigio social y naturalización. Sagan hablaba de “demonios” modernos vinculados al oscurantismo y la desinformación; Jauretche, de “zonceras” construidas por una pedagogía colonial que enseñaba a desconfiar de lo propio y admirar lo ajeno.
La relación entre ambos libros resulta especialmente actual en tiempos de redes sociales, noticias falsas y polarización o “grieta”. Ahora los algoritmos, discursos simplistas, y operaciones de influencers mediáticos amplifican mecanismos que Sagan y Jauretche ya habían identificado: la facilidad con que una sociedad puede aceptar afirmaciones sin evidencia cuando estas apelan al miedo, a la costumbre o a intereses del poder hegemónico.
Las supersticiones, incoherencias y zonceras encuentran terreno fértil en lugares donde las consumen hasta convertirse en sentido común, perpetuadas como loros que hablan sin saber su significado. Y así resulta que muchos eligen a sus verdugos con la esperanza de que le solucionen los problemas, porque les parecen “excéntricos”, “disruptivos”, “empresarios exitosos” o “magnates carismáticos”.
Aclaración: La opinión vertida en este espacio no siempre coincide con el pensamiento de la Dirección General.










