Por Jorge Núñez
Poeta y periodista. Ex Coordinador del Consejo Municipal de Cultura de Gral. Pueyrredon
El modelo económico que busca la hegemonía en el Siglo XXI ha decidido infiltrar a sus topos en los Estados para destruirlos desde adentro. Y esta no es una afirmación conspiranoica, porque ellos mismos lo declaman con soberbia. Cuentan con el argumento de haber sido elegidos en el marco del sistema democrático.
Hace poco un diputado nacional del partido gobernante declaraba en el Coloquio Argentina frente al futuro “Desde la gestión debemos ser lobbistas del privado”, admitiendo que su tarea es actuar a favor de los intereses particulares de un sector, adecuando la legislación para maximizar las ganancias de los empresarios a quienes representa.
La semana pasada escuché a un concejal, oficialista también, decir que “el privado es el que crea riqueza, el que resuelve los problemas, el que le mejora la vida a la gente; no es ese el rol del Estado…”, mientras ocupa una banca municipal para cumplir con eso que piensa.
Se trata de una estrategia para la toma de la decisión política por parte del poder financiero concentrado, para desmantelar la estructura social del Estado -sea a nivel local, provincial o nacional- no para que desaparezca como tal, sino para reducirlo a su función de monopolio de la fuerza, mientras ésta esté en sus manos.
Lo que llaman “modernización laboral” es apenas una reforma patronal para aggiornar las leyes a las nuevas condiciones de la relación capital y trabajo. Ya es insuficiente la teoría clásica de Henri Fayol, por ejemplo, que sostenía que “los trabajadores con estabilidad, equidad y buen clima laboral producen más”. Hoy la estabilidad es inviable (tanto en el privado como en la administración pública), la equidad es repugnante (“la justicia social es una aberración”, vociferan), y el clima laboral es inconveniente porque podría facilitar la solidaridad y la agremiación.
El discurso y valores en que se basan los “modernizadores”, hace hincapié en el virtuosismo del capital para dinamizar el desarrollo de las sociedades, y en la “libertad” de los trabajadores para optar por los beneficios que sean capaces de obtener individualmente. La ganancia es para el capital porque es quien asume el riesgo de la inversión, y el salario es para el empleado que lo acepta (sin considerar que él pone en riesgo su subsistencia, la de sus familiares, más un incierto futuro frente a las crisis económicas recurrentes y la falta de oportunidades). En esa asimetría, la paradoja es que la “ganancia” va a la “especulación”… Salvo en el caso de los pequeños y medianos productores nacionales que cada vez sufren más la asfixia de una competencia desigual.
Así los neoconservadores que se autoperciben como “lo nuevo”, quieren crear esclavos pobres e infelices anestesiados con el soma de las redes sociales, disfrazados de “ejecutivos Therian” que en poco tiempo serán reemplazados por androides con IA, y reprimidos por Robocops autómatas.
“Los nuevos señores feudales son los propietarios de lo que llaman «capital de la nube», y los demás hemos vuelto a ser siervos, como en el medievo. Es este nuevo sistema de explotación lo que está detrás del aumento de la desigualdad”, concluye Yanis Varoufakis en su libro “Tecnofeudalismo”.
Lo que sí se mantiene vigente es el concepto de J. D. Perón: “La economía nunca es libre: o la controla el Estado en beneficio del pueblo o lo hacen los grandes consorcios en perjuicio de éste”.
Aclaración: La opinión vertida en este espacio no siempre coincide con el pensamiento de la Dirección General.










