Cazador de
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Viernes - 08 de Enero de 2010 12:43
“LA MUERTE DE UN ARTISTA DEL PUEBLO HUÉRFANO”

Por HB Ruedas, escritor marplatense.

Esa señora, la muerte, la más demócrata de todas, que arrebata tarde o temprano al oprimido y al poderoso para llevarse a todas y todos por igual a su reino de misterio, ha marcado esta vez la hora de un artista.

Pero no de uno cualquiera, porque no se trata de uno inflado a dinero, hinchado a golpes de medios de comunicación, a fuerza de sacarle oro al chocolate o buscando talento exprimiendo las piedras; se trata de un verdadero hijo de la cultura popular, al que en su momento tildó, con su tradicional tilinguería, esa clase, la media (que al final no es ninguna clase), de chabacano, grasa, negro a este artista, que sintió y emocionó el corazón del pueblo más allá de las cuestiones políticas o ideológicas, en cuyos cenagosos pantanos jamás se internó.

Recordamos, subrayando lo que no es coincidencia, que su momento de esplendor coincidió con una época de luminosas batallas populares, allá por los oscuros y dorados años 70.

Dirán que sólo le cantó al amor, pero acaso ¿hay otra forma de poder transformar las condiciones de vida de los que sufren, que no implique un profundo amor popular?

Tiempo hace, demasiado tiempo, que grandes timoneles de sueños colectivos se han ido sin dejarnos reemplazantes, a no ser una interminable pandilla de usurpadores, vendidos, mentirosos, palabras que lamentablemente son casi sinónimos de políticos.

Tal vez sea por eso, de tanta soledad sufrida por la multitud de parias, de pan, de ideas, de futuros en la que nos han convertido, que salimos emocionados, ardiendo de lágrimas tras el cadáver lleno de rosas de un artista de un pueblo huérfano, que además, como si fuera poco todo lo dicho, llevó su arte a la excelencia, sin partir desde la limitada línea de partida del privilegio.

En definitiva, un grande que fue, en sus inicios, un muchacho de barrio, Sandro.