Por Jorge Núñez
Poeta y periodista. Ex Coordinador del Consejo Municipal de Cultura de Gral. Pueyrredon
América Latina vuelve a ser en 2026 un laboratorio político. El mapa de la región muestra hoy una geografía ideológica difícil de reducir a una sola tendencia, aunque los titulares internacionales insistan en simplificarla bajo el rótulo de “giro a la derecha”. Esa etiqueta no alcanza para explicar lo que realmente está ocurriendo en una región de más de seiscientos millones de habitantes que no se mueve en bloque ni responde a un único impulso histórico.
El movimiento conservador ha ganado terreno en Argentina con Milei, Chile con Kast, Ecuador con Noboa, El Salvador con Bukele, Honduras con Nasry Asfura y, recientemente, Colombia con Abelardo de la Espriella, conforman un conjunto de liderazgos que comparten algunos rasgos comunes y una sintonía con la agenda global que encabeza Donald Trump desde Washington. No es un fenómeno espontáneo, hay detrás de él una arquitectura de influencia continental.
El caso argentino es el más flagrante. El embajador estadounidense en Buenos Aires ha expresado públicamente y en reiteradas oportunidades su respaldo al gobierno de Milei. En paralelo, el gobierno argentino ha autorizado el ingreso de tropas estadounidenses para ejercicios militares conjuntos (sin aprobación del Congreso) y sellado un acuerdo comercial bilateral que profundiza la dependencia estructural del país respecto a EEUU. No se trata de relaciones diplomáticas normales: se trata de una alineación política activa que desborda los límites de la soberanía.
Sin embargo, sería un error leer el fenómeno regional exclusivamente por la intervención de Washington. El péndulo oscila más por lo que el electorado rechaza que por lo que abraza.
Esta lectura se confirma al observar los casos que no encajan en el patrón. México mantiene a Morena en el poder con altos índices de aprobación bajo la presidencia de Claudia Sheinbaum, gracias a una combinación inusual de disciplina fiscal, programas sociales y estabilidad macroeconómica. Brasil se prepara para sus elecciones presidenciales de octubre con Lula como favorito. Uruguay, con Yamandú Orsi del Frente Amplio, demuestra que la izquierda democrática puede volver al poder, simplemente gobernando con seriedad institucional.
En el corazón andino, las tensiones son más agudas. Bolivia atraviesa una de las crisis sociales más graves de su historia reciente bajo el gobierno de centro-derecha de Rodrigo Paz. Perú, por su parte, exhibe desde hace una década una inestabilidad crónica que ninguna etiqueta ideológica explica por sí sola. Ocho presidentes o mandatarios interinos desde 2016, ninguno con mandato completo. Ecuador es un caso diferente: aquí la crisis no es de gobernabilidad clásica sino de seguridad. En pocos años, el país que era considerado una isla de paz en la región se convirtió en uno de los más violentos del continente, producto de la expansión del narcotráfico y la reconfiguración de grupos criminales que operan desde sus puertos del Pacífico. En tanto Venezuela, con Nicolás Maduro secuestrado y trasladado a Nueva York en enero de 2026, atraviesa una transición incierta en la que el núcleo duro del chavismo sigue ocupando posiciones clave del Estado y un importante apoyo popular.
Lo que emerge de este cuadro complejo no es una región moviéndose hacia un polo definido, sino una que no encaja en las categorías clásicas del siglo XX.
En una región donde la polarización se profundiza, donde el centro político se erosiona y donde millones de personas votan sin convicción, la pregunta es si puede surgir una alternativa para salir de la lógica del péndulo: dejar de oscilar entre un estatismo inocuo y un conservadurismo que ajusta hasta el límite de la supervivencia.
América Latina puede tener la audacia de imaginar algo distinto.
Aclaración: La opinión vertida en este espacio no siempre coincide con el pensamiento de la Dirección General.












